
Las noches de verano son las más curiosas de todas. Más todavía, si no tienes aire acondicionado en tu habitación. Sí. Me voy a centrar en las horas que se pasan en la cama.
La apatía estival es como un monstruo que se pasa el día jugando con las pelusas de debajo de mi cama esperando a que lleguen la 12 o las 12:30 o la 1:30, que es cuando me suelo finalmente acostar aún apoyando el portatil entre mis muslos y mi esternón. Entonces, y mientras juego con los últimos 'incio-perfil' del día, empieza a sacar sus manos por el estribor de mi catre, se desliza hasta mi cabeza y tras exprimir dos gotas de sudor de mi frente, empieza a devorarme sin piedad. Hasta el punto de que el portatil acaba resvalándose por mis rodillas y precipitándose al mullido LoMonaco.
Pero el mosntruo no me mata. Me tapa sólo un agujero de la nariz y me hipnotiza a medias, es entonces cuando me acuerdo de que no me he lavado los dientes, de que haría un último pis y de que tengo la boca seca. De que he dejado la ventana abierta ( y luego a las 6 me da el frío), de que no he turneado el gas off y al final me he quedado sin mandarle un mensaje a no-se-quién para decirle no-sé-cuánto.
Comienzo a suplicar. El monstruo es implacable y se posa sobre las corvas de mis rodillas a modo de bloqueo para que no me pueda levantar. Sólo en ese preciso instante convoco una reunión de emergencia y aglutino a todas las neuronas, glóbulos y nervios posibles para culminar una acción conjunta de placaje al monstruo que está ultrajando mi viaje en la barca de Morfeo. Contamos todos juntos: " ¡Unaaa, dooos y tres!" y por fin entonces soy capaz de quitarme sus garras de encima, pegar un rebote y hacer al menos la mitad de las cosas que había de hacer.
El monstruo, completamente malhumorado, se vuelve a meter debajo de mi cama y no me molesta más hasta la noche siguiente. Cuando vuelvo a la cama y me tapo con la sábana que me envuelve por completo, me acuerdo de lo terrible que fueron esas noches en las que se quedaba toda la noche en la cama, respirándome en el cuello. Pero eso ahora, nunca más.
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ResponderEliminarYou've left me speechless.
ResponderEliminarMuy buen texto my friend.
Muchas Gracias Juanillo!
ResponderEliminartal vez debiéramos hablar más a menudo con las pelusas de debajo de nuestra cama. Ellas nos conocen, nos escuchan, y saben exactamente cuaando tenemos que cambiar y barrer. Cambiar y barrer, barrer y voilá.
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